sumergete en el universo oscuro
Mundo de Monstruos
Por: Samuel Ibarra
Introducción
No nos hemos percatado de la cantidad de noticias que existen a nuestro alrededor sobre aparentes sucesos no explicables científicamente. Y tampoco de los desastres naturales que cada vez se presentan con más frecuencia en nuestro planeta.
La cantidad de información que hoy está a nuestro alcance, hace que perdamos la capacidad de asombro y que no nos percatemos del bosque por perdernos con uno que otro árbol.
Y en temas culturales, ¿nos hemos percatado que el folclore va normalmente de la mano de seres esenciales, monstruos y personajes de leyendas locales? ¿Y no tienen una carga fuerte de terror, en el fondo?
Hoy, nuestra realidad rebasa por mucho más la ciencia ficción y el terror.
¿El contenido de lo que viene, es real? No lo sabemos y quizá nunca lo sabremos, en muchos casos, pero la realidad es que son noticias que están dando la vuelta al mundo y que hacía falta que las analizáramos bajo una misma óptica integradora. Y después de saber qué hay a nuestro alrededor, ¿seguimos pensando que estamos seguros y que el mundo seguirá siendo como lo conocemos, para siempre?
Ustedes adopten su propio criterio…
El apocalipseverse aquí compartido, pretende imaginar un planeta devastado, donde los monstruos de éste y otros mundos, nos invaden y conquistan. ¿Y si todas las leyendas de resucitados se volvieran realidad y surgieran zombies, al mismo tiempo que monstruos marinos se dejan ver a la luz del día, y que los fantasmas caminan visibles entre nosotros sin mayor recato? ¿Qué pasaría si todo empezó en México?
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El origen
No sé qué hora es ni qué día es. Sólo sé que estoy en un bosque, a la mitad de la noche, a muy poca distancia de la cueva donde me escondo con otros de los pocos seres humanos que aún existimos en el planeta desde que ocurrieron los desastres en cadena. Y sólo sé que si me detengo, dejaré de existir.
No siento mi brazo izquierdo, y seguramente es porque el visitante que me está persiguiendo, me alcanzó a tocar con ese extraño artefacto metálico delgado y alargado, retráctil, como si fuera una pinza, y me arrancó un rombo de piel de mi brazo. Ya tiene mi ADN, y ya me puede rastrear, y me persigue, de hecho, y corro en medio de un bosque que parece selva, en un silencio que no sólo aterroriza, sino que insulta a la poca vida que queda en el planeta. A la poca vida que existía antes de ser invadidos y antes de que surgieran seres que hasta entonces pensábamos que eran mitológicos o salidos de cuentos de ciencia ficción.
Corro y no sé a dónde, y quiero perderme en el bosque para que no me encuentren y me vuelvan un esclavo o un trabajador en una de las granjas humanas que han creado los seres de otro lugar que llegaron a invadirnos cuando se dieron cuenta que la tierra era un caos pero que también era fuente de alimentación y de energía para ellos.

Mientras sigo corriendo, mi mente se llena de los recuerdos, más vívidos y dolorosos de aquél martes negro. De aquél día en que la civilización dejó de existir como la conocíamos.
Aún recuerdo como si fuera ayer, que un fuerte terremoto sacudió la Ciudad de México, y que desde ese momento, dejamos de tener comunicación los unos con los otros. Todo lo que se supo después, fue o porque lo vivimos, o porque lo presenciamos, o porque nos llegó la historia de otras bocas. Muy pocas bocas pudieron compartir lo que vivíamos, y todos pensamos que fue algo que se expandió por todo el planeta, pues las noches ya no eran como antes, y los días menos.
Edificios derrumbados, de cualquier tamaño. Los escombros era lo único que podíamos ver en el horizonte. Humo, saliendo de muchos lugares caídos, mezclado con el polvo de construcciones hechas cascajo. Los teléfonos celulares, con la pila que quedaba hasta ese medio día, fueron agonizando -como nosotros- hasta que dejaron también de existir. El terremoto nos dejó sin señal desde que ocurrió. Claro, era de esperarse la saturación de líneas, pero lo extraño es que todos los teléfonos marcaban que no tenían señal. Pero, ¿cómo? ¿qué no se suponía que seguíamos teniendo señal no sólo por antenas sino también por satélites? ¿por qué las pocas televisiones que se podían ver en escaparates no mostraban programa alguno sino interferencia?
El terremoto
Muchas personas que estábamos en nuestro lugar de trabajo, o en camino al mismo, tuvimos que regresar a nuestras casas a pie, porque los vehículos, salvo los muy antiguos, no encendían. Y cuando llegamos, ya en la tarde, nos encontramos sólo con pilas de ladrillos y de pedazos de construcción, con olor a muerte. La magnitud del terremoto quizá alcanzó -o superó- los 9 grados, porque no se alcanzaba a ver casa alguna en pie, en una colonia tan poblada como la zona donde vivía, en la colonia del Valle, en el corazón de la Ciudad de México, a donde llegué caminando desde el centro de la Ciudad, en la zona donde había diversos medios de comunicación impresos, ya caídos también.

Lo triste y lo fuerte no fue darnos cuenta sólo de la muerte que había a nuestro alrededor, sino percatarnos de que no teníamos dónde pernoctar. Yo me quedé en un campamento improvisado con otras decenas de personas, cerca de donde estaba mi departamento, del cual no pude recuperar ningún objeto material, y sólo recogí ahí mis recuerdos, de la vida que cotidianamente seguía y que ahora recuerdo y valoro, pues nunca volverá.
Llegó un momento en que el ruido de ambulancias, patrullas y bomberos, fueron disminuyendo durante la noche, lo cual se nos hizo por demás raro, puesto que con una catástrofe de esta magnitud, era de esperarse una continua presencia de autoridades intentando recuperar cuerpos y ayudando a los pocos que estábamos aún en pie. El silencio era brutal, implacable, y el único ruido que se escuchaba eran sollozos de personas que perdieron todo: padres, hijos, hermanos y seres queridos. No sabíamos la magnitud del evento pero calculábamos, en cientos de miles, las pérdidas humanas. No podíamos dormir, y nos contábamos historias de nuestra vida antes del terremoto, y compartíamos dónde estábamos cuando ocurrió. Yo estaba llegando al periódico donde trabajaba, después de haber enviado mi artículo diario por correo electrónico en la madrugada, e iba pensando en el camino, en mi carro, ahora cómo retomaríamos algunas de las notas recientes sobre científicos alertando de eventos naturales atípicos alrededor del mundo, y fue hasta ese momento, en el campamento, cuando me percaté de que lo que estaba pasando en México, sólo era reflejo de lo que estaba pasando en el mundo, prácticamente de la nada, desde unas semanas atrás: terremotos, tsunamis, y hasta el hundimiento de algunas islas conocidas en Europa y sobre todo en Asia.
Yo iba en mi carro cuando sentí primero un fuerte mareo, e instantes después sentí que mi carro oscilaba de un lado a otro, y al mismo tiempo escuché el estrépito de construcciones cayendo cerca de mi. De hecho, recordé que el conocido edificio de la lotería mexicana, a escasos metros de donde me encontraba, se derrumbó hacia adentro de sí mismo y yo lo presencié, como en cámara lenta. El ruido se mezcló en segundos: las personas, gritando y las construcciones, cayendo. Y además, haciendo recuerdo, había otro sonido identificable, como si la tierra estuviera rugiendo, triunfante, diciéndonos que el planeta demostró que nos venció y que no pudimos con él aunque no dejamos de destrozarlo por nuestros caprichos terrenales, desmedidos y vanos. Salí del carro y cuando vi todo, me subí al mismo y quise arrancarlo para llegar a mi trabajo y ayudar a mis compañeros. Sorpresivamente, ya no encendió mi vehículo. En ese momento, hubo extrañeza, pero no concatené el extraño ruido, la magnitud del terremoto y el que no encendiera un vehículo moderno, electrónico desde sus entrañas, a prueba casi de errores de funcionamiento. Fue entonces que no pensé mucho y me dirigí caminando a mi trabajo, a mi querido Diario donde crecí como periodista, y donde conocí a tantos y tantos amigos que ya eran mi familia, simple y llanamente.
En el trayecto a pie, quise comunicarme con mi madre, creyendo ilusamente que al estar lejos, en Hidalgo, quizá no había sentido temblor alguno, y fue cuando me percaté que no había señal en el teléfono celular. Pensé que el tema era que todas las antenas de telecomunicaciones, así como las de energía eléctrica, habían también caído. En ese momento, no pasó teoría de la conspiración alguna por mi cabeza, pues lo que realmente estaba pasando no era la caída de las torres repetidoras, físicas, sino el que por alguna extraña razón, se perdieron las telecomunicaciones, y supongo que globalmente.
Llegué a mi lugar de trabajo y no había más que escombros alrededor. Barullo, gritos, sangre y gente incluso saliendo de lo que quedaba. O intentando hacerlo. El movimiento fue de tal magnitud que las grandes avenidas alrededor de Reforma y de la famosa Avenida Bucareli, sólo eran transitables a pie. La tierra se había cerciorado de que, como lo conocíamos, el tránsito vial, también había desaparecido, pues los pedazos de casas, oficinas, estructuras de decenas de metros de altura, estaban invadiendo hasta carriles centrales de toda calle de la Ciudad por la que iba pasando, y donde no había esos obstáculos, había zanjas, cráteres o simplemente hoyos cuyo fondo no se veía. Las calles y avenidas ya no eran ni siquiera reconocibles. Y volviendo a mi recuerdo del lugar de trabajo, no hubo forma de rescatar a nadie. Sólo tuve el falso honor de descubrir el cadáver del Director General, pues el séptimo piso, donde estaba su oficina, se había desplomado a ras de banqueta, y los pedazos de muros resquebrajados, acompañaron a los pedazos de personas que estaban en ellos y que tuvieron una muerte, al parecer, automática. Todo lo demás estaba hundido.

¿El mundo estaba entrando a una nueva época? ¿El cambio climático por fin había reventado a la humanidad, regresándonos el daño que le estábamos haciendo al planeta? Miles de hipótesis, desde científicas hasta religiosas, inundaban las conversaciones de los sobrevivientes. Y no podíamos hablar de otra cosa, como era de esperarse. Personas íbamos y veníamos de estos pequeños refugios hechos casi a mano, pues algunos iban a los escombros a buscar personas o a identificar cuerpos, mientras otros regresaban ya sin noticia positiva alguna. La ciudad más grande el país, estaba reducida a nada. Incluso, las banquetas, como las conocíamos, eran irreconocibles, pues estaban levantadas, dejando en algunos casos cráteres de varios metros de radio, y en otros, sólo veíamos pedazos de asfalto que teníamos que sortear para seguir caminando.
Tardé aproximadamente 3 horas en regresar caminando hasta mi departamento, y fue cuando me di cuenta de que ya no había nada que rescatar ahí y a pocas cuadras encontré el refugio donde estábamos compartiendo recuerdos de lo que muchos llamaban ya, “el evento”.
Y regresando a ese momento, en la noche, fue que nos extrañó a muchos el silencio, como si ya todas las autoridades se hubieran dado por vencidas. Como si ya no hubiera nada que podía hacerse. Las columnas de polvo y de humo podían verse aún en medio de la devastación total. Ya ni siquiera se escuchaba el sonido de vidrios rotos y de gritos de la gente que estaba vandalizando centros comerciales para robar comida. No teníamos nada qué comer ni agua qué beber, pero la adrenalina seguía haciendo su magia en la mayoría de quienes estábamos en nuestro pequeño centro de reunión.
Llegó entonces, en plena noche, un hombre joven, cubierto en polvo y con un brazo muy lastimado, pidiendo ayuda, y en ese momento empezó otra historia de terror. Le curamos sus heridas con los pocos primeros auxilios que teníamos improvisados, y nos dijo que estaba en una zona residencial cerca de ahí, y que estaba seguro que el terremoto se había dado a las 12 de la tarde con 6 minutos, porque acababa de colgar su teléfono celular y vio la hora en el mismo. Y nos preguntó si nuestros relojes estaban funcionando bien. Yo tenía años de no usarlo, pues me bastaba mi teléfono celular y nunca quise ni gastar tanto dinero en cosas materiales como un buen reloj, ni mucho menos me gustaba ser ostentoso. Pero algunas de las personas que estaban ahí, se percataron de algo excesivamente extraño: sus relojes aparentemente estaban detenidos, pero marcaban minutos antes de las 12 de la tarde, como si se hubieran detenido poco antes del evento. Uno de los damnificados nos dijo, con voz temblorosa: “No puede pasar esto: yo vi mi reloj cuando ocurrió el terremoto y eran pocos minutos pasados de las 12 de la tarde y ahora marca las 11:54 AM”. ¿Cómo era posible que los relojes estuvieran retrocediendo? Y en los pocos artefactos electrónicos aún funcionales, como smartwatch, computadoras y teléfonos celulares, la hora del reloj electrónico no dejaba de avanzar. Extraño.

Continuara…

